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24 de octubre de 2025

Búsqueda


 Y yo

¿Dónde estoy?

¿Qué ciudad albergó mis ilusiones?


¿Dónde fueron mis temblorosos ángeles

y esas aves tan mías, tan hambrientas de espuma?


¿En qué bosque abatido por el hacha,

por el fuego,

por el loco delirio,

por la mano inclemente de los hombres,

murieron mis esperanzas?


Y así, busco incansable

en el oscuro fondo del poema

y tampoco allí puedo encontrarme


¿Dónde, pues, debo buscarme

yo, que fui savia inagotable,

yo, tallo, estambre, pétalo, raíces?


Decidme entonces,

¡oh, vividores de infinitas vidas,

bebedores del mundo y sus ciudades,

parceladores del suelo cotidiano

que no sufre temblores!

¿Dónde hallaré, decidme,

                             la inocencia?

8 de agosto de 2018

Palomas


¡Ah, palomas que un día sobrevolasteis mi ciudad!

¡Qué solos están hoy los bancos de la plaza!
Qué inhabitados los rosales y las fuentes
y aun la gravilla del sendero que un día vio alejarse
mi sueño adolescente, la esencia inapresable
de esa otra, mi ciudad, que aún duerme entre las calles,
que calla cuando el alba desparrama sus carnes
sobre las turbulentas avenidas
sembrando el caos, la acelerada rutina,
el presuroso tránsito cuyo destino es sólo aparente.

2 de mayo de 2018

La ciudad de los muertos


La ciudad de los muertos
que viven a deshora
caminando abstraídos
por gloriosas avenidas de tumbas alquiladas.

Esa ciudad de espectros
que se desvanecen en la bruma,
desparramada su esperanza
entre baldosas sucias y desagües.

Allí reina la muerte
repartiendo folletos a los transeúntes
tras su amigable sonrisa putrefacta.

Las calles muertas
que conducen a zaguanes muertos
donde solo los gatos 
se aferran a la vida,
donde los vivos miran de reojo
y callan espantados.

Escucharás
el llanto de una niña
maltratada
enferma
acaso agonizante
(Los padres muertos se preguntan
quién es esa niña
esa desconocida
que fue parida a deshora
entre los callejones de la muerte)

Y las alcantarillas son una desbordada histeria
de ratas victoriosas.

3 de febrero de 2016

Mujer mirando al vacío


Parada frente al mar
con un reflejo gris en su mirada.
(Se diría perdida en la nostalgia,
la nostalgia del mar, que no se agota)

Parada frente al mar.
La ciudad a su espalda
(esa ciudad que antaño fue promesa
y hoy es sólo glacial encrucijada)
y una muda tempestad de arena
bajo sus pies descalzos.

Ante ella hay un mar incomparable
que sus ojos no ven, un cielo transparente,
una distancia,
la levedad impronunciable de la brisa.


De Por si mañana no amanece, Poemas de @S_Borao_Llop

15 de julio de 2015

Antes del fin 5.0


Cuando subía por última vez la cuesta en dirección al Puente de Piedra, me abordó una jovencita. Explicó que su moto la había dejado tirada y necesitaba un euro para gasolina.

Inútilmente registré mis bolsillos. Negué con la cabeza, pero ella no se movió: Un cansancio infinito se insinuaba en su mirada.


Deduje que también su camino estaba cortado. Como el mío. Que ambos estábamos al borde.


Fue entonces cuando oí los pájaros. En ese canto anárquico creí adivinar que la matemática es sabia, que menos por menos a veces es más, que dos finales pueden representar un principio.  


Extendí mi mano, que ella tomó con algún recelo, y bajamos hasta el río. Nada más. Nos sentamos en la hierba y nos pusimos a contemplar la corriente, a sentir la música del agua, sacudida de cuando en cuando por el chapoteo de algún pez extraviado, a impregnarnos de ese perfume milenario cuyo nombre no figura en los catálogos profanos de los hipermercados. Luego vino la noche. Y su silencio. Pero nosotros seguíamos allí, escuchando.


26 de abril de 2014

Antes del fin 4.0



Cuando subía por última vez la cuesta en dirección al Puente de Piedra, me abordó una jovencita. Explicó que su moto la había dejado tirada y necesitaba un euro para gasolina. Conté lo que llevaba en mis bolsillos: Dos euros y algunos céntimos. Se lo di todo. Ella protestó. Yo insistí. Finalmente aceptó pero se quedó allí quieta, mirándome, como si aún hubiese algo por decir o no supiese muy bien qué hacer. Miré hacia el río. Vi al otro lado las torres, las antenas, la ciudad extendiéndose infinita, asfixiante. Igual que ayer, igual que mañana. Pero esos ojos curiosos, expectantes, representaban un cambio, una suerte de túnel secreto por donde escapar a ese marasmo. Me ofrecí a llevar el bidoncito, a acompañarla en la búsqueda de una estación de servicio, a ser una mínima etapa en su camino y aceptar su presencia en medio de mi nada. La corriente lo entenderá, sabrá esperarme; a lo largo del tiempo diríase que no ha hecho otra cosa.

13 de julio de 2012

Fugas

fugas

Si toda celda es ilusoria y toda libertad, sólo aparente, la reclusión se convierte en un simple concepto. Así, aunque ningún encierro es voluntario, tampoco es indudable la solidez de las rejas.

Hay ocasiones en las que abandono la celda y vago por las calles sin motivo. El carcelero -obviamente- está al tanto de estas fugaces escapadas, mas finge no darse cuenta, puesto que sabe con certeza que siempre se trata de salidas momentáneas, y que el regreso del prófugo se produce, con absoluta precisión, a las pocas horas, nunca más tarde del siguiente cambio de guardia. Por otra parte, si admitiese la existencia de tales fugas, quedaría, desde ese preciso momento, obligado a impedirlas, y eso escapa por mucho a sus limitadas posibilidades. Si, por el contrario, reconociese que, en efecto, las fugas existen y él no hace nada por evitarlas, estaría dejando de cumplir con su misión, y en ese caso, dada la gran disciplina existente en las prisiones, se vería obligado a dimitir de su cargo y, no estando capacitado para desarrollar otro oficio, quedaría a merced de las circunstancias durante el resto de su vida. Por lo tanto, su única alternativa es la indiferencia absoluta ante la menor tentativa de huida. Así, en su negligencia, actúa, sin saberlo, sabiamente. Porque ¿qué tienen de envidiables las calles de la ciudad?

Gentes apresuradas, sin tiempo para escuchar siquiera el roce del viento en sus oídos; personas que caminan aceleradas, mirándose al pasar en los espejos, en los cristales de los grandes almacenes, tratando de comprobar si su belleza cosmética se halla a salvo de las agresiones de la intemperie; rostros fugaces y falsos, ropas vistosas, diseñadas especialmente para resaltar virtudes y ocultar defectos; sonrisas estudiadas; poses repetidas; miradas frías; palabras vanas e inexpresivas, y una incurable sordera de raudas muchedumbres. Todo el mundo tiene prisa y las mil luces que parpadean parecen incitar a ese veloz frenesí. Los automóviles colapsan las iluminadas avenidas, hay ruido de bocinas que maúllan estridentes; gritos de conductores irritados; cientos de motores rugiendo con rabia y llenando de humo e infelicidad el cielo antaño azul, el aire que algún día fue puro.

Los ojos captan el horror y el corazón acumula desdicha, y cada minuto que transcurre en este infierno es una dolorosa carga de decepción para el recluso que ansiaba libertad. Vuelves los ojos hacia los otros, hacia tantos otros rostros -tan próximos y sin embargo tan infinita y tristemente lejanos- que caminan junto a ti, pero nadie puede detenerse; el tiempo es demasiado precioso. Miras alrededor y de pronto percibes que no hay nadie. Entre la multitud no hay nadie y la ciudad es tan sólo una película descolorida, vago esperpento de sí misma. No hay nadie y tu grito resuena hacia el interior, porque la ciudad no es más que el sueño inacabable de un neurótico y las imágenes se suceden, van pasando junto a ti una y otra vez hasta que no puedes más... Y entonces comprendes con resignación que no hay lugar al que volver que no sea la húmeda y maldita celda de tu pesadumbre.

Quizá, después de todo, es ése precisamente el motivo por el cual el guardián no se molesta en impedir las escapadas (¿No fue acaso un mero prisionero en otro tiempo? ¿No lo es todavía, en cierto modo?). Sabe que siempre regresamos, derrotados, hundidos, sin fe en nosotros mismos ni en la humanidad, con los ojos enrojecidos y odiándole por su asquerosa sonrisa de satisfacción.

Aunque, a decir verdad, tampoco sé muy bien que es lo que me empuja a volver a este antro de tenebrosa soledad. Quiero creer que lo hago porque aquí, al menos, me acompañan los recuerdos. Pero lo cierto es que me atormenta la idea de que no sea por eso. Me aterroriza pensar que en realidad se trata tan sólo de la rutina, que es apenas la fuerza de la costumbre lo que me trae de regreso una y otra vez, que acaso no sea posible luchar contra este vacío. Y por la noche, después del toque de queda, me acurruco en un rincón y lloro sin testigos en el anonimato de la oscuridad que se extiende por todos los rincones de la celda.


Más viñetas carcelarias en Celda.

10 de abril de 2012

Las piedras me hablan de ti


Camino mi ciudad, que es todas las ciudades,
como una sorda búsqueda, como un inexplicable
tránsito hacia otro mundo que me llama.

Camino por sus calles centenarias,
por sus veredas pardas de ceniza,
camino sobre las huellas que dejaron
nuestros pasos en las mismas calles,
en tantas calles que nos contemplaron
desde el silencio antiguo de su historia.

Los vastos edificios de otro tiempo
acompañan mis pasos desvelados.
Los muros que perfilan mi nómada delirio
me hablan de los instantes compartidos,
me repiten tu nombre inolvidable.

No soy yo: son las piedras
que me gritan tu nombre en cada esquina.


Publicado en Al_Andar, Mis poetas contemporáneos y en el libro electrónico Camino al andar

28 de marzo de 2012

Cielo gris


Tan sólo queda el cielo gris de las ciudades
cayendo sobre masas
sin rostro y sin pasado.

Sólo los mares sumergiendo arenas
de innumerables playas atestadas.

Sólo los pasos del poeta entre las calles
buscando con los ojos un rostro que no existe.

Sólo la multitud, sólo el derrumbe
de ese sol machacando las aceras.

Y un corazón que se desgarra
gritando nombres que no están
que jamás estuvieron
sobre el mapa incorrecto de las plazas desiertas.


31 de enero de 2012

Rito


Celebramos nuestro rito cada día
adorando a nuestro dios rectangular.
Rendimos culto a una pantalla
o a las fugaces sombras que la habitan.

Reímos a la hora de la risa,
lloramos cuando el llanto es la consigna,
nos postramos ante el último profeta
salido de las entrañas de un sohwtime
y adoramos sin mesura la sublime palabra
de modernos predicadores con corbata
que nos hablan de los muertos convenientes,
de los que son noticia, de aquellos que no mueren
en oscuras callejas o al borde de una idea,
de aquellos que no caen de un andamio
ni llenan sus pulmones de inmundicia
en el oscuro fondo de una fábrica
o en los túneles ciegos de una mina.

Pero también esos cadáveres anónimos
que mueren día a día sin violencia
en el turbio corazón de la metrópoli
son una herida en el alma de las nubes.

Yo canto por los muertos que se miran
el rostro cada día en los espejos;
canto sus ojos graves, resignados,
su desencanto crónico, su antiguo
cansancio que no cesa.
Yo canto por los muertos
de los que nadie habla, los anónimos
silenciosos fantasmas ambulantes
que no siembran estelas ni levantan
murmullos a su paso, los que venden
su tiempo en una esquina, los que callan
y dejan que la vida les aplaste
sin un grito ni un gesto ni una lágrima.


Publicado en Inventiva social

20 de enero de 2012

Distancia


Vivir a cada instante padeciendo
la maldición innata
de saberse incompleto;

mirarse cada día en el espejo
y no saber si el reflejo es la respuesta
y no poder siquiera descubrirse
en esos gestos, esas distracciones,
en ese pelo casi encanecido
o en las facciones grises;
y tan solo los ojos,
muy lejos, en el fondo,
como el vivo fulgor de una fogata
ardiendo en otro sitio
o quizá en otro tiempo,
ardiendo acaso sin motivo
en una dimensión desconocida
o al final de un callejón desierto
en el confín del barrio más humilde
de una ciudad lejana... ¡tan lejana!


10 de diciembre de 2011

Sin destino en la ciudad


Caminar sin destino en la ciudad
es una forma de recuperar estampas,
vacíos antiguos, veladas ruinas.

La luz de una vidriera nos dice quienes fuimos,
ajustamos el paso a las baldosas
blanquinegras que adornan las aceras,
todo retorna a su vieja asimetría.

Caminar sin destino entre las gentes,
bajo el ruido que reina en la ciudad,
es una forma de saber que estamos vivos.

A nuestro alrededor los rostros deambulan,
en los gestos hay un rastro de armonía,
puede sentirse el calor entre las calles.

Pero alguna vez todo calla de repente:
cesan las conversaciones que nunca sucedieron,
se apaga el brillo de los escaparates,
nadie ríe, nadie celebra, nadie canta,
nadie grita sobre el silencio del asfalto.

Y entonces uno sabe que todo forma parte
del mismo sueño que incesantemente se repite
(como una siniestra tortura de los dioses)
sobre las turbias almohadas de la noche.


De Metropolicromía

31 de agosto de 2011

¿Por qué tú nunca estuviste en mi ciudad?


¿Por qué tú nunca estuviste en mi ciudad?

Siempre otras luces, siempre otras aceras,
salpicando tu paso, siempre otras esquinas
alejándote de mí, como un destierro.

Y aquí en lo cotidiano mirándonos,
día a día mirándonos sin llegar a comprender,
día a día comprobando sin asombro el absurdo
que supone fingir que estamos vivos,
que nunca nada ocurrió, como un silencio cómplice
que parece negar las puertas entreabiertas del pasado.

Pero son otras puertas, otras habitaciones,
nunca es el mismo hotel, nunca la misma calle;
otras son tus palomas, otros tus soportales,
nunca es la misma plaza, aunque sea la misma.

¿Pero por qué jamás estuve en tu ciudad?

Yo quisiera habitar tus parques en secreto,
llenar tus galerías con el tono cansino
de mi voz que te nombra y te celebra
aun cuando nada escuchen tus cornisas;
vagar por los pasillos que nunca conocí
y que acaso ya nunca, nunca conoceré,
porque otra es mi ciudad,
aunque ahora y aquí, mis ojos en tus ojos
crean reconocerse y encontrarse,
pero sé que también esto es mentira,
que es tan sólo mi cruel esperanza de mendigo
y que esos ojos que me miran tristemente
tampoco son tus ojos ni soy yo lo que miran
y esta no es mi ciudad
y acaso tampoco sea tu ciudad, tan lejana,
o tan cercana, ¿cómo vamos a saberlo?
pero en todo caso, en otra parte,
en otro espacio o tiempo
__________________ya irreconciliable.


De Itinerarios hacia ti
Variación sobre el poema publicado en Poesi.as


21 de agosto de 2011

La ciudad



La ciudad es un monstruo de fauces entreabiertas,
feroz depredador de encrucijadas,
mastodonte cruel y apasionado,
despiadado y amante.

La ciudad es un viento de paredes
que forman laberintos de asfalto y decepción.

La ciudad es un gato escabulléndose
tras la negra trinchera de un cubo de basura.

La ciudad es un contrabandista
de luces de colores que incitan a la vida.

La ciudad es tristeza derramada
sobre viejas aceras y adoquines que brillan
al peso inconsistente de la lluvia.

La ciudad, esa máscara doliente.

La ciudad es silencio de unos pasos,
son voces desatadas que atruenan las callejas.

La ciudad es refugio, estercolero,
es un perro sediento y peregrino,
un viejo que medita su cansancio
y un viejo que camina sin caminos;
vendaval y quietud, bares cerrados,
soledad, agonía y esperanza,
noche y día, amor y desengaño.

Hija de los esfuerzos de los hombres,
pervive maternal y milenaria.

Es un ángel perverso de labios anhelantes.
La ciudad…la ciudad es una diosa
posesiva y ansiosa, entregada y cautiva.


De Metropolicromía
Publicado en Poesi.as, El Wrong Side, Inventiva social, el boletín Misioletras y el libro electrónico Senda


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