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12 de mayo de 2019
Ciudad vieja
Y volveré a cruzar
una vez más el puente.
Mientras miro las torres
de enmudecidas cúpulas,
me tragarán las calles,
esas calles angostas
en las que todo cabe;
esas calles antiguas
donde todo es silencio
y las almas en pena
vagan sobre la piedra
sin que nadie perciba su presencia
allí bajo la niebla de los siglos
donde toda presencia es un olvido.
23 de marzo de 2019
Ellas
Cada tarde al volver de ningún sitio,
cansado, paso junto a ellas.
Ellas siempre me miran
como esperando algo
que yo no puedo darles.
Me miran con el aire
de quien guarda en su pecho una esperanza
pero esos ojos secos
están cansados ya de tanta lágrima.
Me miran y no ven
que lo que están mirando es un fantasma
incapaz de brindarles el calor
que esas miradas necesitan.
Yo paso junto a ellas sin mirarlas
no sea que una de estas tardes
una tarde cualquiera de noviembre
me convierta en la estatua
de sus almas en pena.
31 de enero de 2017
Tres colores (II) Gris
Tres colores
(II) GrisLas he visto florecer en las esquinas.
Brillar y arrebatarse
como una exaltación,
el centelleo de un relámpago.
Fugaces flores de una noche
que al amanecer se mustian
dejando tras de sí
el eco de un perfume, una resaca
de sal y desencanto.
Viven entre la niebla y la penumbra,
donde nunca penetra la esperanza
y el tiempo es el perfil de una navaja
con el filo mellado.
22 de diciembre de 2015
Pertenezco a estas calles
A Kafka
Pertenezco a estas calles.
Sin embargo
a veces siento como si estas calles
y yo mismo
también formásemos parte del rechazo.
17 de septiembre de 2013
Identidad
(quienquiera que tú seas
dondequiera que estés);
para ti que caminas sin estrépito
por las calles lejanas
de otra ciudad perdida
(otra ciudad que es ésta,
mas donde yo no existo)
otras calles tan viejas
como éstas que atravieso
callejas que recorro
solo, sin tus latidos
resonando a mi lado;
una ciudad gemela
tal vez en otro espacio,
en otra dimensión desconocida;
y tú siempre girando
en idénticos círculos,
dibujando itinerarios paralelos,
pero lejos, distante,
padeciendo esta misma soledad
que me calcina
y sin poder salvar de un salto esa distancia
que a los dos nos resulta incomprensible.
13 de julio de 2012
Fugas
Si toda celda es ilusoria y toda libertad, sólo aparente, la reclusión se convierte en un simple concepto. Así, aunque ningún encierro es voluntario, tampoco es indudable la solidez de las rejas.
Hay ocasiones en las que abandono la celda y vago por las calles sin motivo. El carcelero -obviamente- está al tanto de estas fugaces escapadas, mas finge no darse cuenta, puesto que sabe con certeza que siempre se trata de salidas momentáneas, y que el regreso del prófugo se produce, con absoluta precisión, a las pocas horas, nunca más tarde del siguiente cambio de guardia. Por otra parte, si admitiese la existencia de tales fugas, quedaría, desde ese preciso momento, obligado a impedirlas, y eso escapa por mucho a sus limitadas posibilidades. Si, por el contrario, reconociese que, en efecto, las fugas existen y él no hace nada por evitarlas, estaría dejando de cumplir con su misión, y en ese caso, dada la gran disciplina existente en las prisiones, se vería obligado a dimitir de su cargo y, no estando capacitado para desarrollar otro oficio, quedaría a merced de las circunstancias durante el resto de su vida. Por lo tanto, su única alternativa es la indiferencia absoluta ante la menor tentativa de huida. Así, en su negligencia, actúa, sin saberlo, sabiamente. Porque ¿qué tienen de envidiables las calles de la ciudad?
Gentes apresuradas, sin tiempo para escuchar siquiera el roce del viento en sus oídos; personas que caminan aceleradas, mirándose al pasar en los espejos, en los cristales de los grandes almacenes, tratando de comprobar si su belleza cosmética se halla a salvo de las agresiones de la intemperie; rostros fugaces y falsos, ropas vistosas, diseñadas especialmente para resaltar virtudes y ocultar defectos; sonrisas estudiadas; poses repetidas; miradas frías; palabras vanas e inexpresivas, y una incurable sordera de raudas muchedumbres. Todo el mundo tiene prisa y las mil luces que parpadean parecen incitar a ese veloz frenesí. Los automóviles colapsan las iluminadas avenidas, hay ruido de bocinas que maúllan estridentes; gritos de conductores irritados; cientos de motores rugiendo con rabia y llenando de humo e infelicidad el cielo antaño azul, el aire que algún día fue puro.
Los ojos captan el horror y el corazón acumula desdicha, y cada minuto que transcurre en este infierno es una dolorosa carga de decepción para el recluso que ansiaba libertad. Vuelves los ojos hacia los otros, hacia tantos otros rostros -tan próximos y sin embargo tan infinita y tristemente lejanos- que caminan junto a ti, pero nadie puede detenerse; el tiempo es demasiado precioso. Miras alrededor y de pronto percibes que no hay nadie. Entre la multitud no hay nadie y la ciudad es tan sólo una película descolorida, vago esperpento de sí misma. No hay nadie y tu grito resuena hacia el interior, porque la ciudad no es más que el sueño inacabable de un neurótico y las imágenes se suceden, van pasando junto a ti una y otra vez hasta que no puedes más... Y entonces comprendes con resignación que no hay lugar al que volver que no sea la húmeda y maldita celda de tu pesadumbre.
Quizá, después de todo, es ése precisamente el motivo por el cual el guardián no se molesta en impedir las escapadas (¿No fue acaso un mero prisionero en otro tiempo? ¿No lo es todavía, en cierto modo?). Sabe que siempre regresamos, derrotados, hundidos, sin fe en nosotros mismos ni en la humanidad, con los ojos enrojecidos y odiándole por su asquerosa sonrisa de satisfacción.
Aunque, a decir verdad, tampoco sé muy bien que es lo que me empuja a volver a este antro de tenebrosa soledad. Quiero creer que lo hago porque aquí, al menos, me acompañan los recuerdos. Pero lo cierto es que me atormenta la idea de que no sea por eso. Me aterroriza pensar que en realidad se trata tan sólo de la rutina, que es apenas la fuerza de la costumbre lo que me trae de regreso una y otra vez, que acaso no sea posible luchar contra este vacío. Y por la noche, después del toque de queda, me acurruco en un rincón y lloro sin testigos en el anonimato de la oscuridad que se extiende por todos los rincones de la celda.
Más viñetas carcelarias en Celda.
10 de abril de 2012
Las piedras me hablan de ti
Camino mi ciudad, que es todas las ciudades,
como una sorda búsqueda, como un inexplicable
tránsito hacia otro mundo que me llama.
Camino por sus calles centenarias,
por sus veredas pardas de ceniza,
camino sobre las huellas que dejaron
nuestros pasos en las mismas calles,
en tantas calles que nos contemplaron
desde el silencio antiguo de su historia.
Los vastos edificios de otro tiempo
acompañan mis pasos desvelados.
Los muros que perfilan mi nómada delirio
me hablan de los instantes compartidos,
me repiten tu nombre inolvidable.
No soy yo: son las piedras
que me gritan tu nombre en cada esquina.
8 de noviembre de 2011
Caminamos

Por las obtusas calles de lo cotidiano
caminamos.
Sin nadie a los costados,
con una incomprensible guía en el bolsillo
y una no menos incomprensible fe en nuestro itinerario.
Alrededor hay rostros que nos miran con desconfianza,
acaso horrorizados
o interrogantes,
o indignados,
o con fingido espanto santiguándose,
y en todo caso, ajenos, del otro lado de la vía.
Pero en cualquier esquina nos asalta
el rostro cómplice que nos contempla con cierta admiración
y cuya sonrisa nos empuja a seguir dibujando senderos
para los pies descalzos del mañana.
Y entonces la nieve en los zapatos ya no resulta tan pesada
ni vacilamos ante los inclementes empujones
o las mezquinas zancadillas que se van alzando a nuestro paso.
Aun así, las calles son las mismas que nos vieron
echar a andar en una madrugada yacente en el olvido.
Tal vez no hagamos más que dar vueltas en círculo,
erráticos vaivenes en la oscuridad.
Y sin embargo, caminamos,
sin nadie a los costados caminamos,
con una obstinación quizá heredada
de aquellos otros que algún lejano día caminaron
forjando sin saberlo caminos útiles,
ciudades habitables y espíritus.
De La estrecha senda inexcusable
Publicado en Proyecto Patrimonio, Arte Poética, El gato de Hank, Almiar, Inventiva social y la revista RAMPA.
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