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10 de enero de 2013

Pero he aquí que, en un recodo inofensivo


Pero he aquí que, en un recodo inofensivo,
se alzarán las barricadas del desánimo.

Esos serán los días de la desolación.

Todos los trinos del mundo habrán cesado
y te verás cercado por amenazantes nubarrones
prestos a descargar torrentes de decepción
sobre tus espantados ojos.

Entonces el camino te parecerá insoportablemente estrecho.
Podrás sentir el frío ciñéndose a tu carne,
el viento de los páramos azotando tu rostro,
la noche agigantándose sobre el valle desnudo.


Acaso en esa hora de lánguida derrota
añores las falsas caricias de esa vieja prostituta
cuyos labios de colores se entreabren en la distancia.

Ángeles de alquitrán vendrán a rescatarte,
te hablarán de noches cálidas, de vasos humeantes,
de aromas embriagadores y confortables lechos.

Mirarás el sendero repleto de guijarros,
mirarás tus pies descalzos, tu piel enrojecida.

Y así, por un momento, te sentirás perdido,
notarás que toda convicción va abandonándote,
y tal vez llegues a empuñar la pluma de la renuncia.

Pero la sangre del Caminante se agolpará en tus venas,
se detendrá tu mano en el instante exacto de la firma,
se entornarán tus ojos y escucharás de nuevo tu voz verdadera
recitando el poema nunca escrito
de las calles sin luces,
de prados y vergeles y niños harapientos sin consuelo.

Sabrás entonces
que el país al que te diriges queda demasiado lejos
y que nada ni nadie puede trasponer sus murallas
sin haber recorrido, palmo a palmo, el camino.

Luego, tu pie se moverá iniciando un nuevo paso,
quizá el más doloroso,
y esos ángeles falsos se hundirán en el barro
dejando apenas su horrible pestilencia a tus espaldas.


11 de enero de 2012

Boletos


A mi amigo Miguel,
que despertó estas palabras.

No nombraré la ciudad porque la ciudad es múltiple, y porque lo que allí sucede, bien puede suceder a diario en otra ciudad, en otro país. Acaso cambien los nombres, los rostros, los objetos.

Yo, turista en todas partes, eterno extranjero, pertinaz inhabitante, venía caminando hacia la estación, con mi maleta medio vacía (maleta de nómada incurable, brevísimo catálogo de recuerdos y ausencias, inútil equipaje), y un creciente cansancio que se iba acentuando a medida que mis pies cruzaban más fronteras, a medida que mi pasaporte acumulaba sellos. Puesto que aún faltaba más de una hora para la salida de mi tren, tomé asiento en una terraza sombreada. Enfrente, al sol, había varios niños jugando. Niños pobres, harapientos, de los que abundan en los alrededores de casi todas las estaciones del Sur. Cuando pasaba alguien con traje, o con aspecto de turista, uno de ellos se separaba del grupo y se acercaba al desconocido, ofreciéndole un billete de lotería. El timo es antiguo. Se trata de billetes viejos, sin premio, que los chicos recogen del suelo o de las papeleras y planchan lo mejor que pueden para darles apariencia de nuevos. A veces, algún despistado compra un billete, pero generalmente hay gritos y amenazas, y a menudo, los chicos tienen que salir corriendo para no caer en manos de la policía.

No muy lejos de allí, las máquinas excavaban lo que muy probablemente se convertiría con el tiempo en un centro comercial o un edificio de oficinas. Quizá a causa del monótono ruido de las excavadoras, me amodorré un poco.

Una voz suave me despertó.

- Señor...

Cuando levanté la vista, una chiquilla morena, con dos trenzas medio deshechas y una mancha oscura en la mejilla, me ofrecía uno de aquellos billetes.

Mi primer impulso fue echarme a reír y despedir a la mocosa con unos céntimos o con la amenaza de la policía, que es el remedio habitual en estos casos, pero algo en su mirada me impedía hacer una cosa así.

- El número es lindo -dijo, tratando de vencer mi indecisión con esas simples palabras.

Entonces la miré con más detenimiento. Sus ojos no eran los de una niñita suplicante, no eran ojos mendicantes, ni ojos víctimas; tampoco eran los ojos pícaros de quien está estafando a un turista crédulo; aquéllos eran los ojos firmes y tranquilos de alguien que sólo pide lo que por derecho le corresponde.

No lo dudé un instante. Conté algunas monedas y puse en su mano el dinero que costaba el billete. Ella me dio las gracias, sonrió dulcemente y regresó junto a sus amigos. Mientras la miraba alejarse correteando alegremente, guarde el papelito en mi cartera, junto a la fotografía de Mariela.

Miré el reloj. Había que irse. Mi tren estaba a punto de llegar.

Sé que es innecesario contar lo que sigue, decir que aquel fue el primero de una larga colección de boletos caducados, que hubo en mi camino otras muchas estaciones, otros niños y otras excusas, que en cada lugar que visité fui atesorando con avidez los boletos que aquellos niños famélicos me ofrecían, siempre ante la atenta y burlona mirada de los testigos, ciegos, incapaces de percibir que todos y cada uno de aquellos papelitos medio arrugados tenían un premio mucho más valioso que el que indicaban los números impresos.

Durante años he llevado conmigo ese primer boleto, prueba irrefutable de que la escena anteriormente narrada no fue un sueño. A veces, contemplo la cifra, ("-El número es lindo") como si en ella pudiera leerse algo que no fuese una sucesión más o menos armoniosa de dígitos. A veces, contemplo la cifra como esperando que esos signos revelen algo que en realidad no necesita ser revelado.


De Prosas breves.
Publicado en Revista Almiar y Con voz propia

13 de agosto de 2011

Lo mejor de mi vida


Lo mejor de mi vida tal vez se haya quedado
abandonado en alguna encrucijada
o al otro lado del cristal mojado
tras el que contemplé las marejadas y la noche,
y por qué no decirlo, las inmutables estaciones
que me fueron alejando de otras tardes más cálidas.

Hubo un tiempo de caminos anchos,
de colinas suaves que ocultaban fuentes,
de jóvenes aves y ardillas veloces
y de sal y de pan y de plácidos campos
preñados de fértiles terrones y labradores.

Hubo un tiempo de límpidas aguas,
de frondosos bosques y playas morenas,
de silentes cráteres orlados de espuma.

Pero en la noche del invierno treintaycinco,
todos esos mis ángeles me fueron vomitados en el rostro
y pude comprobar que la senda se había ido estrechando
hasta límites intolerables.

Supe entonces que mis pasos borraban el camino,
que ya no era posible detenerse
ni mirar hacia atrás, que no había regreso,
que legiones de arpías me empujaban riendo
y que un loco empuñaba mis recuerdos.

Entonces, tras la lluvia, se apagó una ventana.


De La estrecha senda inexcusable
Publicado en Revista Rampa y en los libros electrónicos Senda y Camino al andar


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