12 de mayo de 2019

Ciudad vieja


Y volveré a cruzar
una vez más el puente.

Mientras miro las torres
de enmudecidas cúpulas,
me tragarán las calles, 
esas calles angostas
en las que todo cabe;
esas calles antiguas
donde todo es silencio
y las almas en pena
vagan sobre la piedra
sin que nadie perciba su presencia
allí bajo la niebla de los siglos
donde toda presencia es un olvido.

6 de abril de 2019

Anverso


Cuando se ve el anverso
uno empieza a comprender y mira horrorizado
esos rostros idénticos
que alberga la memoria.

Perversos clones de nosotros mismos
amanecemos cada día
sin saber si la noche
ha vendido los cuerpos y las máscaras
o entregó nuestra risa a los demonios.

Todo espejo refleja los rasgos de un extraño
con espuma en la cara
y una navaja de afeitar fulgurando en su mano.

23 de marzo de 2019

Ellas


Cada tarde al volver de ningún sitio,
cansado, paso junto a ellas.

Ellas siempre me miran
como esperando algo
que yo no puedo darles.

Me miran con el aire
de quien guarda en su pecho una esperanza
pero esos ojos secos
están cansados ya de tanta lágrima.

Me miran y no ven
que lo que están mirando es un fantasma
incapaz de brindarles el calor
que esas miradas necesitan.

Yo paso junto a ellas sin mirarlas
no sea que una de estas tardes
una tarde cualquiera de noviembre
me convierta en la estatua
                 de sus almas en pena.

24 de febrero de 2019

Camouflage


Cuando el poeta es niño aún
se le cincela a golpes de martillo
para que vaya asimilando los conceptos:
trabajar, consumir, asumir, imitar.
Como a todo niño se le sienta
durante horas frente al televisor
esperando tal vez que esas imágenes
le hagan abandonar sus flamígeros bosques 
y sus vastas estepas de nenúfares y ámbar.

Pero el poeta niño atrapa las imágenes
y las transforma, las retuerce y desgarra,
las convierte en ideas y metáforas
y de ese modo va aprendiendo
que todo es simplemente un decorado
y le rodean figurantes dóciles
incapaces del grito o de la lágrima.
Así, con disimulo, el poeta-niño sonríe dulcemente
finge interés, parece embelesarse
hasta el momento en que le creen ya curado.

Cuando el poeta deja de ser niño
y su sonrisa ya es tan solo el rictus
de quien ha visto demasiado y ni siquiera
tiene el don de la inercia o el olvido,
cuando llega la hora de esgrimir la palabra,
sus manos invisibles acuchillan
el rostro abominable de la farsa
y ya nadie sonríe, nadie aplaude,
nadie entiende esas palabras duras
que parecen surgidas de la entraña.

Y todos se preguntan, consternados
¿qué habrá sido de aquel niño-poeta?
mientras el rímel, el auto, la corbata...

22 de enero de 2019

Credo


Creo en el pálpito sagrado que me incita
a dispersar palabras sobre el cielo nocturno
como quien siembra granos en la tierra.

No creo en la poesía de alto standing
con olor a perfume y naftalina.

Creo en el fuego intenso que me quema
cada vez que me brota una palabra
lacerando los pliegues del silencio.

No creo en la poesía declamada
desde la cúspide de un púlpito.

La poesía es una confidencia
(un susurro intangible, 
una caricia entre las sábanas,
el reflejo de un ojo en Batisielles,
el suspiro cansado de una puta
en su tránsito diario por las calles,
la sombra de un patito en el estanque)
pero nunca la voz atronadora
de un actor recitando esas palabras
leídas o aprendidas de memoria
cuyo significado se le escapa
como escapa la sangre, gota a gota,
del que escribió ese verso que ahora escuchas
mientras la tarde ya declina.

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