Cada vez que las naves
a Ítaca regresan
sellan el fin de un sueño.
Pero es grato saber
que en Ítaca hay un puerto,
que es posible el regreso.
a Ítaca regresan
sellan el fin de un sueño.
Pero es grato saber
que en Ítaca hay un puerto,
que es posible el regreso.
y amamanta dudas
que la mañana no ha de despejar.
La noche oculta míseros rincones
y apresura los ojos
de los indiferentes viandantes.
La oscuridad hace romas las esquinas
donde el sexo barato se agazapa
en las noches de frío solitario.
Bulle la vida entre las calles de neón;
las copas ignoran el destino del hombre
y los hombres van recuperando la inconsciencia
tras la segunda copa.
(Queda el olor, el olor imborrable,
la constancia precisa de las calles sin nombre)
Inevitable, la mañana
asesina las sombras y siembra resacas.
Mas nunca alivia el pecho del sediento.
De La estrecha senda inexcusable, Poemas de Sergio Borao Llop
las aguas del olvido?
-se pregunta el viajero.
Mas no desmonta. Sólo
contempla la corriente,
los patos, las riberas.
Luego sigue su ruta
en busca de otras aguas.
Porque el viajero sabe
-aunque sus ojos miren
siempre hacia el horizonte-
que el recuerdo es sagrado:
Quizá el único vínculo
entre viajero y senda.
Vengo esta noche a cantarte, compañera,
desde el fondo tenaz de mis entrañas,
un son de lucha mineral y centenaria.
Vengo a cantarte, hermana, con mi sangre,
para empaparla en tu sangre derramada.
Se apaga tras los siglos ya la noche
en que atada, escarnecida y olvidada,
te dejabas morir junto al fogón prendido
sin un gesto de fuga en la mirada.
Van muriendo las horas solitarias
en que la casa insoportablemente muda
te cercaba por doquier con los recuerdos
inasibles del tiempo sumergido
en tardes de ventanas y nostalgias.
Tuyos son los amaneceres que vendrán,
tuyo el cántaro preñado de futuros
tuyo el azul sortilegio de los días
que se vislumbran en el horizonte.
Tuya es el arma que abre las compuertas
de un alba que a los cielos amenaza.
Tuyo es el campo virgen que se extiende
ante el ojo sorprendido de los ángeles.
Es tu hora, compañera, hermana,
la hora del candente itinerario
que te lleve, magnífica, a la aurora.
Es la hora del verbo desatado:
Canta, ruge, grita, resucita
el fuego que se esconde en tus pupilas
y lánzalo como un heraldo del mañana.
perdido y solo en esta ciudad extraña,
esta ciudad donde siempre he vivido,
esta ciudad
que me ha visto crecer, reír, emborracharme,
que me ha visto llorar y derrumbarme,
renacer y exiliarme en los recuerdos,
perderme en encrucijadas invisibles
y amanecer entre sus calles
sin otra compañía que el silencio.
Esta ciudad que conozco palmo a palmo,
pero esta noche, extraña
porque no estás conmigo para amarla.
entre crepusculares aulas amarillentas
con olor a humedad, con luces marchitas
y como un miedo en el aire,
un recelo de miradas prisioneras.
¡Tantas frases de escaso significado!
¡Tantas tardes baldías aprendiendo
sagradas oraciones de farsa religiosa!
¡Tantos cánticos azules de manos levantadas!
Pero también nuestra adolescencia fue decapitada:
se perdió fatalmente entre las sombras de una fábrica
entre ruidos de máquinas y órdenes incomprensibles.
Se nos inculcó la áspera lección de la eterna madrugada,
de la larga jornada de sudor y rutina,
de la incontestable sumisión, de las jerarquías.
Sacrificamos nuestro esfuerzo a cambio de unas monedas,
unas pocas monedas que engañosamente pretendían
sobornar nuestra ingenua fe de jóvenes asalariados.
También, también fue asesinada nuestra juventud
entre humo, cláxones de automóviles,
atardeceres prematuros, violentos amaneceres,
encapuchados arcabuceros disparando evasivas,
cadáveres, cadáveres hediondos
con heridas sangrantes, calaveras,
el llanto de una niña, oscuridad, mentiras,
y una flor deshojada gritando desde lejos:
¡Escapa, escapa, escapa!
Pero era ya tarde y no había escapatoria.
Así, aterrorizados, erramos la salida.
Como locos danzantes ebrios de carnavales,
elegimos disfraces, auscultamos mortajas,
bebimos nuestras copas y salimos a escena
envueltos en tinieblas, perdidos entre flecos
de una espesa cortina cuyo nombre es desdicha.
I
Quisiéramos brotar, multiplicados.
Ser melodía o grito,
canto, graznido, eco.
Semen, sudor o sangre.
Acaso lágrima.
Expandirnos
a través de dimensiones y universos.
Pero son incontables
las cárceles del hombre.
II
Incontables son las cárceles del hombre
y una sola es la llave-
(Si existe tal prodigio).
Océanos y lunas nos separan
del frío cerrajero.
y sirve de tapiz a rapaces nocturnas
que van sobrevolando plazas iluminadas.
Es decir: cuerpos bailan
en atestadas discotecas a la luz de los focos
bajo el efecto de modernísimos elixires.
Cuerpos bailan sin luz
en los lujosos apartamentos.
Cuerpos destilan, ávidos, la noche.
Pero al calor de los cubos de basura
duermen hombres
con un hediondo bulto por almohada
y por colcha un harapo
y un recuerdo.