27 de junio de 2020
Recuerdo del jardín botánico
A veces eran también los árboles
(el álamo negro, la glicina,
el magnolio y la palmera mejicana)
pero siempre al final
eran los patos:
nuestro banco y los patos;
era todo un ritual, aquellas tardes
siempre estaban marcadas
por un hagamos esto,
vayamos a tal sitio,
pero siempre los patos
como un lugar sagrado
lejos de la ciudad y de los golpes
que la vida se empeña en asestarnos.
Todo ha cambiado mucho,
han pasado los años;
hoy los patos son otros
y tu sombra pervive
tan solo en mi recuerdo.
También vienen palomas,
los patos se abandonan a la sombra.
Dos tristes cisnes surcan su reflejo
en las ondas silentes de las aguas,
tristes y solitarios,
tanto que nunca parecieron
tan fuera de lugar
como en el centro justo de esta escena
que ahora estoy contemplando.
15 de enero de 2015
Ahora ya hasta los parques son hostiles
Ahora
ya hasta los parques son hostiles.
Todo
me lo cambiaron.
Los
árboles, impíos, me violentan
desde
el faro impersonal de su estatura.
No
tiembla ni una hoja.
(Pero
¿no eran los árboles
movidos
por el viento del otoño,
mis
viejos aliados?)
No.
No era esto. El verde
es
un verde yacente, casi decapitado.
Ni
una flor me amenaza
con
su efímero roce, con su breve fragancia.
No
consigo encontrarme.
Todo
me lo cambiaron.
Hay
viejos en silencio y bancos despintados
y
piedras que destellan y macizos de flores
sin
la antigua belleza que impregnaba sus pétalos.
Hay
niños bulliciosos y mujeres cansadas,
y
mientras, lentamente, el verano agoniza.
No,
no era así; los parques de otro tiempo
solían
ser refugio, atalaya, horizonte...
Pero
hoy los parques niegan ese ansiado consuelo.
Tal
vez sea yo el muerto.
Ahora
las piedras callan
y
los viejos, los bancos, los frondosos rosales,
rechazan
mi amargura con un rictus cansado.
Todo
me lo cambiaron y la tarde declina
y
la sombra insinúa el inflexible retorno.
Todo
murió y las calles
(hoy
de nuevo enemigas)
van
quemando la estela de ese amargo regreso
al
lugar donde yace mi cuerpo destronado.

