Pertenezco a estas calles.
Sin embargo
a veces siento como si estas calles
y yo mismo
también formásemos parte del rechazo.
Revelaciones que no están en los candados
que condenan puertas hacia el cielo
ni
en las encrucijadas de la nieve.
(Acaso en el sopor de las
guillotinas oxidadas,
en el silencio avergonzado del
patíbulo)
Nombres en penumbra golpean la
memoria.
Palabras prendidas al dorso de una brisa
que nadie
pudo poner en letra impresa.
Sangres incendiadas, sueños
desgarrados.
Amaneceres grises hijos del insomnio,
albas
bastardas preñadas de tristeza
por el suicidio de los pájaros
azules
y el destierro de los últimos castores.
Allende
el recuerdo, gritos.
Pero hoy
las orillas del mar
están calladas.
Ahora
ya hasta los parques son hostiles.
Todo
me lo cambiaron.
Los
árboles, impíos, me violentan
desde
el faro impersonal de su estatura.
No
tiembla ni una hoja.
(Pero
¿no eran los árboles
movidos
por el viento del otoño,
mis
viejos aliados?)
No.
No era esto. El verde
es
un verde yacente, casi decapitado.
Ni
una flor me amenaza
con
su efímero roce, con su breve fragancia.
No
consigo encontrarme.
Todo
me lo cambiaron.
Hay
viejos en silencio y bancos despintados
y
piedras que destellan y macizos de flores
sin
la antigua belleza que impregnaba sus pétalos.
Hay
niños bulliciosos y mujeres cansadas,
y
mientras, lentamente, el verano agoniza.
No,
no era así; los parques de otro tiempo
solían
ser refugio, atalaya, horizonte...
Pero
hoy los parques niegan ese ansiado consuelo.
Tal
vez sea yo el muerto.
Ahora
las piedras callan
y
los viejos, los bancos, los frondosos rosales,
rechazan
mi amargura con un rictus cansado.
Todo
me lo cambiaron y la tarde declina
y
la sombra insinúa el inflexible retorno.
Todo
murió y las calles
(hoy
de nuevo enemigas)
van
quemando la estela de ese amargo regreso
al
lugar donde yace mi cuerpo destronado.