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10 de agosto de 2025

Águilas manchadas


Ayer, el fuego se hizo dueño de la tierra

calcinando la cordura de los hombres:

Altas torres de un humo envenenado,

llanuras alfombradas de cadáveres, 

y una triste verdad que nadie pronunció.


Hoy se elevan de nuevo las águilas oscuras

ensombreciendo los destellos de la aurora.

Sus negras alas cubren de horror el firmamento

y rompen en pedazos el canto de los ángeles.


Mañana, el sanguinario ciclo recomienza:

Caerán devastados los templos milenarios;

perecerán sin solución los niños y sus madres

mientras buscan un pedazo de pan entre las calles

o el recuerdo de un tiempo que nunca conocieron,

o siquiera una razón para tanta barbarie.


Así, el odio se instalará definitivamente

en los hambrientos corazones de los supervivientes

que no han de conocer más paz que la insidiosa muerte,

ni otra forma de vida que el eterno destierro.


¡Detén tu vuelo, pájaro maldito!

Cesen tus alas de manar metralla,

que el cielo no se hizo para tu sed de sangre

ni la tierra merece tus heces asesinas.


¡Detente! No permitas

que tus alas se tiñan con la sangre inocente.

No levantes el vuelo, águila homicida,

que el llanto de las viudas y los huérfanos

ha de ulcerar los mares con la sal de tu infamia.


Detente, ave insaciable,

antes de mancillar el nombre de tu raza,

que un solo muerto es un insulto hacia los dioses

y el exterminio de un único árbol

es causa de vergüenza para el cosmos.

30 de diciembre de 2016

Tres colores (I) Rojo


Tres colores
(I) Rojo

Delfina está llorando.

Otra vez la noche se ha teñido
del estallido de su voz en llamas.

Y los vecinos contienen el aliento
como si así pudiera disiparse
la música siniestra del horror.

Delfina está llorando. Crece
una flor carmesí sobre el opaco
lienzo de las baldosas ignorantes
que sólo atinan a impregnarse
de reflejos, olores, sonidos leves,
síntomas de vergüenza
para siempre acallados.

Y nadie habla. Nadie grita. Nadie se estremece.
La noche es un silencio apenas quebrantado
por ese llanto quedo
y acaso, en los tejados adyacentes
el eco de un maullido solidario.


12 de julio de 2016

Los espectadores agraviados


Querido amigo Bertolt:
Hoy me atrevo a escribirte nuevamente
desde esta atroz distancia que es el tiempo.
Tal vez cuando me leas (si tal cosa sucede)
estemos (tú o yo, los dos quizá, o ninguno)
sirviendo naranjadas con vodka a los arcángeles
o asfaltando con notas musicales
las torvas avenidas del desierto
(que otros llaman infierno o despedida).

La cuestión es que he leído tu poema,
ése que se refiere a los que luchan
contra el virus letal de la injusticia
y a la apatía de los espectadores.

Y yo, en cambio, si creo que los mansos
sienten su cobardía como un cáncer,
la dolorosa llaga de una ausencia.
Están avergonzados, sí, mas de otro modo:
Un lodo pestilente se abre paso en sus venas,
un temible veneno que no conoce antídotos
se va extendiendo por todos los rincones
de la innoble quietud que los gobierna.

Para enmascarar esa vergüenza
agitarán sus puños y sus voces
contra aquellos que allanaron sus caminos
y ahuecaron sus cojines y murieron a veces
tan sólo por enarbolar una palabra,
por dibujar a gritos una aldea habitable.

No tienen cicatrices ni rasguños,
no fueron mutilados ni sufrieron tortura,
siguen vivos, indemnes y callados.
Por eso cada herida del otro es una afrenta.
Cada miembro amputado
una solemne bofetada, cada tumba
un grito retumbando en sus oídos.

Para acallar el grito
destilan su rencor en alambiques
de hipocresía, ruido y desmemoria.
Para acallar el grito se zambullen
en el anonimato de las masas
que agitan banderitas de colores
previsiblemente intercambiables.


De Por si mañana no amanece, Poemas de @S_Borao_Llop  
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