Es preciso contar que nos fue arrebatada la niñez
entre crepusculares aulas amarillentas
con olor a humedad, con luces marchitas
y como un miedo en el aire,
un recelo de miradas prisioneras.
¡Tantas frases de escaso significado!
¡Tantas tardes baldías aprendiendo
sagradas oraciones de farsa religiosa!
¡Tantos cánticos azules de manos levantadas!
Pero también nuestra adolescencia fue decapitada:
se perdió fatalmente entre las sombras de una fábrica
entre ruidos de máquinas y órdenes incomprensibles.
Se nos inculcó la áspera lección de la eterna madrugada,
de la larga jornada de sudor y rutina,
de la incontestable sumisión, de las jerarquías.
Sacrificamos nuestro esfuerzo a cambio de unas monedas,
unas pocas monedas que engañosamente pretendían
sobornar nuestra ingenua fe de jóvenes asalariados.
También, también fue asesinada nuestra juventud
entre humo, cláxones de automóviles,
atardeceres prematuros, violentos amaneceres,
encapuchados arcabuceros disparando evasivas,
cadáveres, cadáveres hediondos
con heridas sangrantes, calaveras,
el llanto de una niña, oscuridad, mentiras,
y una flor deshojada gritando desde lejos:
¡Escapa, escapa, escapa!
Pero era ya tarde y no había escapatoria.
Así, aterrorizados, erramos la salida.
Como locos danzantes ebrios de carnavales,
elegimos disfraces, auscultamos mortajas,
bebimos nuestras copas y salimos a escena
envueltos en tinieblas, perdidos entre flecos
de una espesa cortina cuyo nombre es desdicha.


