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14 de septiembre de 2012

Crepúsculo


En esta hora tan triste del crepúsculo
en que el pausado viento invita a la nostalgia...

En este largo instante en que la noche
copula con el día antes de asesinarlo
cual mantis religiosa...

En este lapso mágico de sombras huidizas,
de agónicos gemidos de un sol que se desmaya,
de vagos resplandores allá en el horizonte...

Es preciso callar.

Es preciso detener la mente,
dejar por un momento que el tiempo se adormezca
y el olvido se adueñe las luchas cotidianas.

Es necesario callar y someterse
a la cruel dulzura de tanta maravilla
y aprender los misterios apenas presentidos
por el alma que yace en el pecho asustada,
impresionada acaso por lo majestuoso
de esas fuerzas amantes y enfrentadas.

Es preciso contemplar en calma
ese amor voluptuoso y homicida,
ese orgasmo de dioses silenciosos
condenados a dar muerte con su vida.


17 de junio de 2011

Santateresa


Los humanos nos juzgan crueles, pero ¿qué valor puede tener en estos tiempos la opinión de los humanos?

Consideran que nuestras costumbres sexuales son violentas, pero ¿hay algo más violento y sanguinario que ellos sobre la faz de la tierra?

Cierto es que matamos a nuestros amantes durante la cópula, pero ¿qué mayor homenaje a sus caricias? Puesto que la muerte ha de llegar forzosamente ¿no es mejor su advenimiento durante el delirante clímax?

Que nadie vea en estos argumentos una justificación. No hay tal cosa. Si arrancamos la cabeza de nuestros amantes durante el acto es simplemente porque hay en nosotras un impulso que no puede ser reprimido, y que proviene sin duda de la voluptuosidad del instante. Pero no hay engaño. Saben que así debe ser, y cumplen su papel sin la menor queja. Amar y morir son una misma cosa para ellos. No hay traiciones, ni deslealtades, ni malentendidos. Sólo el placer, y después la nada. A nosotras, en cambio, nos queda la amargura de la soledad, la certidumbre del desencuentro.

Uno tras otro, van pasando por nuestras vidas. Llegan, nos aman y se van, sin posibilidad alguna de regreso. Casi no da tiempo ni a juntar un puñado de recuerdos. Por eso siempre estamos profundamente tristes; en nuestro abatimiento, parece que rezamos.

Hay voces que afirman que nuestra conducta sexual está basada en el antiguo principio que dice que todo macho es infiel por naturaleza, y que sólo tratamos de protegernos del inevitable abandono. Pero estos teólogos carecen por completo de credibilidad. Una hora de irrefrenable lujuria con una de nosotras bastaría para desmontar la más sofisticada teoría al respecto.

Los humanos nos miran por encima del hombro, pero en la intimidad nos envidian, y en el fondo les gustaría poder imitarnos, sentir el vértigo del instante, paladear esa espesa mezcla en la que miedo y deseo son una misma gelatina multicolor, habitar, apenas un momento, esas zonas oscuras de su alma a las que ni siquiera en sus horas más desoladas se han atrevido a asomarse.

De Prosas breves
Publicado en Al_Andar, Inventiva social y en el libro electrónico Camino al andar
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