Para no regresar quemé los calendarios como si fueran puentes.
¡Inútil ejercicio! Las cenizas impregnaron mis ropas; me dejaron un olor a nostálgicos licores, una canción dormida entre los labios, el lacerante poso de una ausencia.
¡Qué bueno, Sergio! Me hubiera gustado tanto escribir algo así... Pero te adelantaste. Y confieso que cada vez que intenté huir para no regresar, inevitablemente, me convertí en ave migratoria. Por eso y por mucho más, va mi cariño y admiración.
Gracias, María Rosa. En el fondo, todos anhelamos cierta forma de regreso. De ahí que muchas veces, para evitar que nos gane esa especie de nostalgia, haya que quemar puentes, calendarios y todo lo que se nos ponga por delante. Un abrazo ibérico.
Acabo de descubrir tus blogs. Me parecen muy interesantes. Los dos. Te leo.
ResponderEliminarBesos de Olivia.
Me alegra tenerte por aquí y me será muy grato saber que éstas, mis palabras, consiguen despertar tu interés. Gracias por tu presencia y un abrazo.
ResponderEliminarLa inutilidad de no poder -¿no querer?- olvidar, dicha a través de imágenes sensoriales muy logradas y con el valor agregado de la brevedad.
ResponderEliminarPoder y querer, con frecuencia, son dos perfiles diferentes del mismo rostro. Gracias y un abrazo.
ResponderEliminar¡Qué bueno, Sergio! Me hubiera gustado tanto escribir algo así... Pero te adelantaste. Y confieso que cada vez que intenté huir para no regresar, inevitablemente, me convertí en ave migratoria. Por eso y por mucho más, va mi cariño y admiración.
ResponderEliminarGracias, María Rosa. En el fondo, todos anhelamos cierta forma de regreso. De ahí que muchas veces, para evitar que nos gane esa especie de nostalgia, haya que quemar puentes, calendarios y todo lo que se nos ponga por delante. Un abrazo ibérico.
EliminarAplausos patagónicos también. María Rosa León
ResponderEliminar