Matar un unicornio
a sangre fría.
Contemplar impasiblemente su agonía.
Oler el poso amargo de su sangre.
Esparcir sus cenizas
en la nada...
Matar un unicornio con mentiras,
clavar en su costado la daga traicionera
del recuerdo inasible.
Condenarlo
a errar por las estepas del olvido.
(En otro tiempo, en otros mundos,
la vida del unicornio fue sagrada;
pero en este siglo nacido entre tinieblas,
en esta tierra quemada por el odio,
el censo de unicornios disminuye
cada día
cada hora
y el ojo indiferente de los dioses
apenas certifica la matanza
con el pasivo gesto del frío funcionario.)
Ved, ved que tras las sonrisas apostados
esperan a su víctima los fieros,
los inconmovibles mercenarios,
los heraldos de la última tiniebla.
Matar un unicornio es condenar al mundo,
negar el canto azul de los jilgueros
y emponzoñar el alma errante de la noche.
Arrojar la cordura a la pira funeraria,
abolir las palabras que un día pronunciamos.
Matar un unicornio es el destierro;
cerrar de un manotazo el libro de la vida,
abandonar sin remisión la última esperanza.
Matar un unicornio
es verter la ignominia sobre el alba.

Estremecedor...
ResponderEliminarLlega...
ResponderEliminarGracias.
Eliminarme emociono cuando leo a un poeta-
ResponderEliminarGracias por sus palabras, Ana María. Un cordial saludo.
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