
Alguna noche soñé que regresaba.
Ítaca estaba lejos.
Largas travesías y sirenas
me separaban de sus templos.
Escila y la avidez de las tormentas
significaban la frontera.
Fieros vientos y cíclopes
me desviaron muchas veces de la ruta.
La sal marina y los años
-los solitarios años de destierro-
me enseñaron el decálogo del náufrago.
Pero he aquí que está amaneciendo
y mis ojos -pebeteros sangrantes,
heraldos de un rostro endurecido
por imborrables cicatrices-
se asoman a las costas añoradas.
De Arenas de Ítaca
Publicado en Isla Negra, Mis poetas contemporáneos y La buhardilla.
No conviene hollar los mitos, porque la realidad los desmitifica. Un buen poema, aunque te asuenan los versos 4º y 5º.
ResponderEliminarΤα λέμε στον γαλάζιο ουρανό
Gracias por tu comentario. Un saludo.
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