1 de marzo de 2014
Fiebre
Tengo fiebre.
Mi frente arde y me abrasa la sed.
En el sueño, hay desiertos rebosantes de arena y el sol está enfurecido, a juzgar por los violentísimos rayos con que castiga la infinita superficie arenosa que se extiende ante mis ojos. Hay minas de sal que causan dolorosas llagas en mi cuerpo enrojecido. Hay látigos de fuego que laceran mis carnes y queman mi cordura. Hay mares de ceniza que me envuelven, ahogándome. Hay manos falsas que me ofrecen vasos de plata llenos de vinagre y orina; rostros falsos que sonríen con fingida dulzura mientras ponen ante mí toda clase de manjares escogidamente salados, cuya sola visión hace aumentar sin mesura la fiebre que me abrasa.
Consigo despertar, mas mi garganta está seca. Mis labios, resquebrajados. Apenas consigo abrir la boca. Al fin, con gran dolor, he conseguido llamar al carcelero, pero ha sido apenas un susurro. Sin embargo, ante mi sorpresa, no ha tardado mucho en aparecer junto a mi catre.
Con palabras entrecortadas, con abundancia de gestos, con ansiedad, solicito un poco de agua. Él, entonces, sonríe maliciosamente, y me ofrece un cigarrillo.
En venganza, me duermo, y sueño torrentes vertiginosos que le ahogan y me refrescan.
Más viñetas carcelarias en Celda.
13 de febrero de 2014
Los pasos en las huellas
¡Cuántas veces he puesto
los pasos en las huellas!
Pero nada regresa:
Las huellas son tan sólo
indefinidos fósiles
y los pasos avanzan
por un suelo de arena
que siempre se parece
a la infinita arena.
los pasos en las huellas!
Pero nada regresa:
Las huellas son tan sólo
indefinidos fósiles
y los pasos avanzan
por un suelo de arena
que siempre se parece
a la infinita arena.
17 de enero de 2014
Caverna
No es que seamos del todo inconscientes
de nuestra heredada condición de oscuros
y resignados habitantes sedentarios
en la caverna que pintó el filósofo.
(Aunque disimulemos, no ignoramos
que sombras sólo son, y no otra cosa)
Pero es más fácil permanecer quietos
sentados en silencio frente al muro
contemplando esas figuras móviles
y sus exuberantes maniobras.
Es más cómodo ver pasar las horas
sin esbozar un gesto, sin silbar una nota,
sin mirar hacia el sol -siquiera de reojo-
(porque la luz abrasa la retina).
Y si alguno levanta la cabeza,
si alguien susurra o canturrea,
si alguien grita que existen las estrellas,
entonces le miramos con desprecio,
le escupimos con furia, le arrojamos
las virulentas piedras de la ira
o el amargado esputo del silencio.
(No importará si el díscolo insurgente
es nuestro propio hijo, nuestra sangre,
el magma inmaterial de nuestra entraña).
Para preservar nuestra mentira
-nuestra tiniebla de imágenes fugaces-
le acuchillaremos ritualmente;
después veremos su sangre derramada
como si fuese otra, como si sólo fuese
la lava redentora de los dioses,
el fulgente licor de sus ensueños
-otra figura más en la pared bailando-.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


