Ahora
ya hasta los parques son hostiles.
Todo
me lo cambiaron.
Los
árboles, impíos, me violentan
desde
el faro impersonal de su estatura.
No
tiembla ni una hoja.
(Pero
¿no eran los árboles
movidos
por el viento del otoño,
mis
viejos aliados?)
No.
No era esto. El verde
es
un verde yacente, casi decapitado.
Ni
una flor me amenaza
con
su efímero roce, con su breve fragancia.
No
consigo encontrarme.
Todo
me lo cambiaron.
Hay
viejos en silencio y bancos despintados
y
piedras que destellan y macizos de flores
sin
la antigua belleza que impregnaba sus pétalos.
Hay
niños bulliciosos y mujeres cansadas,
y
mientras, lentamente, el verano agoniza.
No,
no era así; los parques de otro tiempo
solían
ser refugio, atalaya, horizonte...
Pero
hoy los parques niegan ese ansiado consuelo.
Tal
vez sea yo el muerto.
Ahora
las piedras callan
y
los viejos, los bancos, los frondosos rosales,
rechazan
mi amargura con un rictus cansado.
Todo
me lo cambiaron y la tarde declina
y
la sombra insinúa el inflexible retorno.
Todo
murió y las calles
(hoy
de nuevo enemigas)
van
quemando la estela de ese amargo regreso
al
lugar donde yace mi cuerpo destronado.
15 de enero de 2015
Ahora ya hasta los parques son hostiles
Etiquetas:
árboles,
parques,
poesía,
rostro prohibido,
tarde
12 de diciembre de 2014
Penélope
Ella teje
sentada en un rincón.
Los hombres la contemplan
mientras beben sus copas, preguntándose...
Algunos se le acercan,
se apoyan a su lado, la interrogan.
Ella plácidamente niega
sin dejar de tejer.
Penélope la llaman.
Y en secreto temen que algún día
aparezca el Ulises esperado
y ella se vaya para siempre
dejando un rastro diminuto
de hilos entrecortados tras de sí.
Pero esta Penélope no espera a ningún héroe.
Ni hombre ni dios ni salvador espera.
Tan sólo teje para sobrevivir
como tantas Penélopes anónimas
que fueron, son, serán, en esta tierra.
No entienden su destino, pero tejen
la invisible estructura
que determina el censo de los días.
12 de noviembre de 2014
Si te vas a marchar
y empújame al abrazo de la muerte,
que este abismo de silencio no lo quiero,
que este cúmulo de ausencias me envenena
como un atroz licor que no perdona.
Si te vas a marchar, ángel vencido,
emigrante de mi cuerpo y de mis versos,
no me dejes el eco de tus risas
ni el rastro de tu piel entre mis dedos
ni la instantánea de tu sombra en los zaguanes.
Si te vas a marchar, llévate los recuerdos;
borra de mi cuaderno las palabras
que llenaron las tardes de otro otoño.
Si te vas a marchar, como un tiro en la sien del horizonte,
para el latir del tiempo y acalla las mareas
de la atlántica orilla que no olvida
todas aquellas noches de música y almíbar.
Si me vas a matar, entierra mi cadáver.
No lo dejes pudriéndose en las fauces
del tenebroso olvido y la resaca.
Si te vas a marchar, ciega mis ojos:
De nada han de servirme entre las sombras.
Publicado originalmente en Spanish poetry
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