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12 de noviembre de 2011

Sombras


¿No veis, de vez en cuando, alguna sombra que cruza?

Sombras, sí: sombras que deambulan a nuestro alrededor; sombras sin nadie que acaso sólo tratan de atraer nuestra atención para evadirse siquiera un instante a su funesta condición de espectros dolientes, o esas otras, violadas por los dioses de la decepción, que intentan rozarnos en su ciego tránsito para arrastrarnos a ese mundo suyo de irrealidades, o de realidades intangibles que nunca seríamos capaces de comprender. Pero en todo caso, sombras que habitan entre nosotros sin desvelar su naturaleza, su nombre, su cifra; sombras que nos conocen y escuchan los latidos de nuestros corazones, que en las noches insomnes se acurrucan en los rincones; sombras que sólo toman cuerpo entre los pliegues del sueño o en los incomprensibles recovecos del tiempo... Sombras que acaso sólo estén mirándose en el espejo de nuestra inconsistencia, sombras como nosotros: fugaces sombras que apenas existimos...


De Prosas breves
Publicado en la revista Con voz propia, Revista El Grito y en el libro electrónico Camino al andar.

22 de junio de 2011

Humo


Escuchó la fuga de un eco en su memoria. Supo entonces que todo lo ocurrido después no merecía la pena. No fueron más que puñetazos al aire, bocanadas de humo sin cigarrillo, reflejos de un eclipse.

¿Quién iba a recordar ahora si las libélulas emigraron en noviembre o de qué fuentes manó la sangre de los parias? ¿Con qué ojos mirar hacia el ocaso sin evocar la precisa sentencia del olvido? ¿A quién iba a importarle si el norte es el oeste o si el este termina por devorarse a sí mismo como un intemporal Ourobouros? (El sur no, el sur es siempre el mismo resplandor crucificado)

Y esa persistente voz preguntando una y otra vez cuándo terminó exactamente la película; esa voz queriendo averiguar (¡cómo si eso fuese a cambiar algo!) cuánto tiempo llevaba presionando inútilmente los botones del telemando y recibiendo por única respuesta una pantalla negra que grita "Nevermore!"


De Prosas breves
Publicado en proSabado (MediaIsla), Al_Andar y en el libro electrónico Camino al andar

17 de junio de 2011

Santateresa


Los humanos nos juzgan crueles, pero ¿qué valor puede tener en estos tiempos la opinión de los humanos?

Consideran que nuestras costumbres sexuales son violentas, pero ¿hay algo más violento y sanguinario que ellos sobre la faz de la tierra?

Cierto es que matamos a nuestros amantes durante la cópula, pero ¿qué mayor homenaje a sus caricias? Puesto que la muerte ha de llegar forzosamente ¿no es mejor su advenimiento durante el delirante clímax?

Que nadie vea en estos argumentos una justificación. No hay tal cosa. Si arrancamos la cabeza de nuestros amantes durante el acto es simplemente porque hay en nosotras un impulso que no puede ser reprimido, y que proviene sin duda de la voluptuosidad del instante. Pero no hay engaño. Saben que así debe ser, y cumplen su papel sin la menor queja. Amar y morir son una misma cosa para ellos. No hay traiciones, ni deslealtades, ni malentendidos. Sólo el placer, y después la nada. A nosotras, en cambio, nos queda la amargura de la soledad, la certidumbre del desencuentro.

Uno tras otro, van pasando por nuestras vidas. Llegan, nos aman y se van, sin posibilidad alguna de regreso. Casi no da tiempo ni a juntar un puñado de recuerdos. Por eso siempre estamos profundamente tristes; en nuestro abatimiento, parece que rezamos.

Hay voces que afirman que nuestra conducta sexual está basada en el antiguo principio que dice que todo macho es infiel por naturaleza, y que sólo tratamos de protegernos del inevitable abandono. Pero estos teólogos carecen por completo de credibilidad. Una hora de irrefrenable lujuria con una de nosotras bastaría para desmontar la más sofisticada teoría al respecto.

Los humanos nos miran por encima del hombro, pero en la intimidad nos envidian, y en el fondo les gustaría poder imitarnos, sentir el vértigo del instante, paladear esa espesa mezcla en la que miedo y deseo son una misma gelatina multicolor, habitar, apenas un momento, esas zonas oscuras de su alma a las que ni siquiera en sus horas más desoladas se han atrevido a asomarse.

De Prosas breves
Publicado en Al_Andar, Inventiva social y en el libro electrónico Camino al andar
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