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9 de septiembre de 2025

Ajedrez o rey


La casa está en lo alto de una escalera de piedra. 

La vieja escalera baja hasta una calle estrecha. 

La calle desemboca en una plaza habitada por breves y coloridos jardines, farolas y palomas. 

En la plaza nace una avenida. 

La avenida conduce al parque. 

En el parque hay niños que juegan, perros corriendo, ancianos leyendo la prensa, madres agobiadas, mendigos, desocupados, algunos jóvenes que han faltado a clase, uno o dos guardias y, en el centro de todo, dos hombres muy serios que disputan una partida de ajedrez. 

Diríase que mientras ellos meditan, el tiempo se detiene. Diríase que cada movimiento produce consecuencias de alcance insospechable. Tanto es así, que el simple eco que nace del avance de un peón blanco (la mano del jugador lo está empujando hacia la siguiente casilla) puede ser el envés de la corneta homicida que en ese mismo momento, en otro lugar, desata un frenesí de fuego y horror que se va extendiendo por la altiplanicie hasta llegar a la remota aldea donde un durmiente anónimo sueña una casa en lo alto de una escalera de piedra.

Prosas breves de @S_Borao_Llop

17 de agosto de 2025

En días como hoy

 


En días como hoy, la verdadera dificultad estriba en levantarse de la cama.

Desayunar, ducharse, fumar un último cigarrillo, recibir la visita de un cura desconocido, dejarse conducir mansamente hasta el patíbulo, apenas son protocolos insignificantes.

Prosas breves de @S_Borao_Llop

12 de febrero de 2018

Aniversario



Está anocheciendo y cae la niebla, como entonces. De acuerdo a lo previsto, hoy va a helar de nuevo.
Escucho y clasifico los ruidos de la calle, los del rellano, los de mi propia casa. Verifico la absoluta normalidad mientras compruebo la disposición de los cuadros en la pared del recibidor.
Oigo voces, pero sé que no son más que los ecos de mi propia voz, que el tiempo ha ido amontonando en los rincones y el silencio multiplica espantosamente. Pronto sonarán las nueve en la vieja iglesia; sin embargo, desde aquí no pueden escucharse las campanadas. Repaso minuciosa, inútilmente los detalles. Todo está en su sitio. Todo idéntico a aquel 30 de diciembre de hace veinte años, idéntico a todos los treinta de diciembre desde entonces, como cumpliendo un ritual que no termino de comprender pero al que no puedo sustraerme. Miro el reloj, calculo el retraso, me asomo a la ventana. A esta hora no circula casi nadie. Por eso me sorprende la vaga silueta que se insinúa a través de la niebla. Despacio, como insegura, camina por la acera de enfrente. Sé que no puede ser ella, pero a pesar de todo es lindo soñar que son sus pasos los que resuenan sobre las húmedas baldosas, que son sus manos las que ahora sujetan un papel en el que sus ojos parece que intentan descifrar algo, que es su rostro el que se levanta de golpe mirando hacia este lado, buscando tal vez los números de los portales. Sé que es una tontería, que ella no tiene el pelo así, ni un abrigo como ése, pero después de veinte años estériles es tan lindo soñar que ha sido su brazo el que ha empujado la puerta del patio que ahora se oye cerrarse sin violencia, que son sus tacones los que lentamente ascienden hasta el primer piso, deteniéndose allí unos segundos, como dudando, y reanudan luego su marcha hacia arriba, hacia este segundo piso en el que sin darme muy bien cuenta ya la estoy esperando. Mientras pienso que seguramente ha de ser otra persona y que de un momento a otro escucharé el lejano sonido del timbre de alguno de mis vecinos, bajo un poco las luces y pongo el disco de Miles. Absurdo suponer siquiera que la imitación de fechas, temperaturas y gestos haya podido provocar, por fin, una ruptura en el tiempo, una repetición de lo que jamás debió ocurrir, una oportunidad para cambiar la historia. Los pasos han dejado de subir, pero si se pone atención puede escucharse el sonido de una respiración agitada ahí fuera. Seguro que en el rellano no hay nadie, que se trata sólo de mi imaginación, pero ya es la hora. Me dirijo a la puerta mientras miro de reojo hacia la mesa. Todo está dispuesto y los cuchillos relucen. No conviene demorarse: suena tan bien la música esta noche...


Prosas breves de @S_Borao_Llop

19 de julio de 2017

Tras la derrota



- Te contaré un secreto, Sancho: Yo sé perfectamente que son molinos.
- ¿Entonces, amo?
- Conviene que la historia no olvide nunca que existen hombres capaces de enarbolar su locura (aunque sea fingida) en pos de un ideal superior. Sin locura, el mundo se extinguiría en pocas generaciones. Cristo fue crucificado para perpetuar su sombra. Las nuestras perdurarán de otro modo: Teñidas de humillaciones y ridículos. Pero esta cruzada irracional, amigo Sancho, ha de hacernos inmortales, si la idea de la inmortalidad no es tan grotesca como nosotros mismos y nuestras fatigosas andanzas.

9 de agosto de 2016

Escrito en la arena



Un poeta está en una isla desierta, sentado junto a unas rocas. Sabe que jamás saldrá de allí. Que nunca volverá a tener contacto con ser humano alguno. Quisiera llorar. Quisiera escribir, pero carece de papel o lápiz.

Entonces gira la cabeza hacia su izquierda. Ve, en el suelo, algunas ramas caídas, en el límite de la zona boscosa. Se incorpora, toma una de ellas, en apariencia bastante sólida, y camina hasta la arena.

Mira el mar, que le devuelve un destello y un rumor de olas. Como un mensaje de comprensión y fatalidad.

El poeta sonríe, apenas una mueca de resignación. Sabiendo que la marea lo borrará todo en unas pocas horas, empuña la rama y comienza a redactar una palabra.

13 de enero de 2016

Penélope ilustrada

Una mujer está leyendo un libro. Desde el primer momento, las imágenes, los nombres, los sucesos allí narrados le resultan familiares.

Gradualmente va percibiendo que ese libro contiene la historia de su vida.

Comprende también que, cuando llegue a la última página, morirá.

Tal vez por eso, cada noche, cuando ya está dormida, su mano sale de la cama, tantea con cuidado la superficie de la mesilla, coge el libro y, sin que nadie lo advierta, cambia de lugar el marcapáginas.

12 de mayo de 2015

Querido Bertolt (respuesta de un hombre futuro)


Cierto que escapamos de un tiempo sombrío, pero siguiendo las implacables leyes de la física, saltamos de la sartén para caer en el fuego. No obstante, también el fuego ha cambiado, queridos antepasados, como todo lo demás. Ya no es una llamarada que destruye lo que toca en cuestión de segundos. Ahora es un fuego frío que va socavando la esencia misma de las cosas sin cambiar apenas su apariencia, pero descomponiendo el interior hasta convertirlo todo en un cascarón hueco.

La injusticia sigue existiendo, pero ha aprendido a vestirse de etiqueta. Se escuda tras la ampulosidad de términos vagos, que la salvaguardan de la humillación pública que en el pasado pudiera provocarle su propia desnudez.

Sigue existiendo la guerra, el más vergonzoso de todos los inventos del hombre, pero también la guerra ha aprendido a mutar, a transformarse, a vestirse con pieles de cordero. También han cambiado las armas: Las ametralladoras, las bombas, el napalm, se nos antojan hoy armas inocentes. Esta era nos ha traído el arma más temible: la publicidad. Así, el control de los medios de difusión se ha convertido en algo estratégico. No es más poderoso quien más mata, sino quien mejor sabe vender la filosofía según la cual esas muertes eran necesarias.

Hoy los rostros de los justos están desfigurados, roncas sus voces, pues ya no es posible ser amables en un mundo en el que la amabilidad se ha convertido en el vehículo de la hipocresía, en un tiempo en que se enarbola la palabra verdad para justificar todas las mentiras, en una era en que todas las palabras finalmente han sido prostituidas por el uso aberrante que los humanos hemos hecho de ellas. Admiro y envidio tu optimismo, amigo Bertolt, pero el tiempo en que el hombre sea amigo del hombre es posiblemente la mayor utopía que puede concebir la mente humana. Tal vez nos quede, paradójicamente, una esperanza que proviene del horror: La deshumanización, el control de todo lo que nos rodea, que ahora ejercen los grandes holdings y que muy pronto estará en manos de las máquinas, puede ser el estallido que nos haga despertar, la piedra sobre la que se edifique una nueva humanidad, en la que aprendamos a vivir de otro modo, a desterrar todas esas palabras y a prescindir de todas esas vanidades que nos han llevado a este punto en el que hoy nos encontramos. 

¿Podremos pedir nosotros indulgencia cuando llegue la hora, si es que acaso el futuro es posible, si es que el hombre puede al fin salvarse de sí mismo?


De prosas breves.

5 de febrero de 2015

Táctica



Durante siglos, se aplicaron a la quema indiscriminada de libros, laboriosa e inútilmente. 

Más tarde cortarían la lengua a los vencidos, para que no pudiesen transmitir la filosofía de su raza a las generaciones venideras.

Prohibieron el ejercicio de las artes, enemigo mortal de la ignorancia.

Cansados de soluciones parciales e ineficaces, optaron por celebrar un congreso. Después de intensos debates, según cuentan las crónicas de la época, decidieron aplicar la estrategia del caballo de Troya. 

Así, desde el oscuro palpitar de sus entrañas, fueron asesinando la cultura.

24 de octubre de 2014

Veneno


Creedme: Es en verdad un mal valle, ése de la tristeza, para quedarse a vivir en él.

No hay, oídme bien, ni un solo árbol verdadero, ni un pájaro cuyo canto consiga despertar un destello de magia, ni siquiera un arroyo de aguas transparentes junto al que detener un momento nuestro arduo peregrinaje. Sólo encontraréis allí un exiguo manantial que destila un veneno lento, lentísimo, que el tiempo va inoculando gota a gota en las venas. Lo malo es cuando (a veces pasa, hay gente que le pasa, no pueden evitarlo, les pasa y es casi inconcebible y ojalá que nunca nunca nunca sepamos que se siente) el veneno se convierte en droga y te engancha y comprendes de repente que ya no hay vuelta atrás, y sientes que te estás muriendo -que eso te está matando- y al mismo tiempo sabes que tampoco podrías vivir fuera de ese lugar, porque en el exterior no existe nada respirable.

Yo conocí una mujer que contrajo esa enfermedad; estuve cerca, muy cerca de ella, tan cerca que fue imposible (lo supe desde el primer momento) evitar el contagio, imposible permanecer inmune a ese veneno, y también, -¡cómo olvidarlo!- imposible no amarla sin palabras, no morirse un poco en cada lágrima que manaba de sus ojos, no irse olvidando, poco a poco, de los caminos de retorno, de la posibilidad de retornar a cualquier parte, de la mera existencia de otro sitio que no fuera ese valle donde hasta el rumor del viento es una ausencia.


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