22 de noviembre de 2012

Muchos emprendieron este viaje

viaje

Muchos emprendieron este viaje
pero llegar
no es solo una cuestión de fe
o de resistencia,
no es tan solo el deseo de arribar
o la esperanza ingenua
de un puerto que finalmente nos acoja.

La ruta es muy compleja
y los viajes no son lo que parecen.

Por el camino
vas dejando jirones de tu esencia
y tras unas etapas ya eres otro.

Y comprendes entonces
que ya no sabrás nunca
si vas a terminar lo que empezaste,
no sabrás nunca
si allá en el horizonte existen Ítacas
o fue solo una ilusión desdibujada
por las certeras llagas
que adornan tu costado.

Pero la fiera voz de tus entrañas
exige un nuevo paso, pues no en vano
hay sangre nómada corriendo por tus venas.


26 de octubre de 2012

Coro de sonrisas


Y un coro de sonrisas, satisfechas y amables,
te acogerá en su seno (serás uno de ellos).

Será la hora de los brindis, de la Ceremonia iniciática,
la hora de las palabras de consuelo
y las palmadas en la espalda,
la hora de las alabanzas, la turbia hora
de la comprensión y la derrota.

Ahora todos te abrazan, te elogian, te celebran,
todos los ojos te buscan esperando
tu gesto definitivo.

Pero en el horizonte la senda continúa,
hay un camino que fluye, repta, se despeña,
se abisma en hondonadas de misterio,
se yergue hacia montañas invioladas,
se retuerce, se corta, recomienza,
gira sobre sí mismo, a veces se bifurca,
poco a poco se estrecha, danza, asciende,
se pierde en la distancia reclamándote.


8 de octubre de 2012

Blanca


Me ocurrió algo extraño.

En mi bandeja de entrada apareció un correo que me llamó la atención.

Procedí a examinarlo. Decía: "Acabo de leer algo tuyo y te he reconocido. Nunca nos hemos visto, pero hace tiempo que te andaba buscando". Venía firmado por Blanca.

Como es natural, el escueto mensaje despertó mi curiosidad. 

Previsiblemente, respondí: "También yo te espero hace tiempo".

Su respuesta llegó al día siguiente: Un lugar y una hora. Era muy lejos, tuve que conducir toda la noche.

Cuando llegué al sitio, ella ya estaba allí. Un insignificante error de latitud nos separaba: Yo me hallaba arriba del acantilado; ella, magnífica, aguardaba abajo, entre las olas que rompían obstinadamente contra las rocas. Volé a su encuentro.

Publicado anteriormente en: Convoz propia

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