24 de mayo de 2011

Víspera


Alguna noche soñé que regresaba.

Ítaca estaba lejos.
Largas travesías y sirenas
me separaban de sus templos.

Escila y la avidez de las tormentas
significaban la frontera.

Fieros vientos y cíclopes
me desviaron muchas veces de la ruta.

La sal marina y los años
-los solitarios años de destierro-
me enseñaron el decálogo del náufrago.

Pero he aquí que está amaneciendo
y mis ojos -pebeteros sangrantes,
heraldos de un rostro endurecido
por imborrables cicatrices-
se asoman a las costas añoradas.


De Arenas de Ítaca
Publicado en Isla Negra, Mis poetas contemporáneos y La buhardilla.

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